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LA PARIDAD NO ES ASUNTO DE MUJERES…  ES LA DEMOCRACIA

 “El ciento por ciento de las mujeres estamos aquí (en el Congreso) por mérito, pero no todo los hombres que están aquí, lo están por mérito. Es un poco injusto”, dijo alguna vez Lily Pérez, siendo diputada.

 

Y es que la ley de cuotas y su valor democrático se propone reforzar nuestro ordenamiento político y mejorar la gobernabilidad favoreciendo la participación de toda la ciudadanía. Esto cobra más valor aun cuando estamos frente a una grave crisis de representación y desvalorización de instituciones como el Congreso Nacional y los partidos políticos.

 

Ojo: El mundo masculino necesita que participen más mujeres… (aunque deje de ser tan masculino)

 

En 1874 una ley extendió el derecho a sufragio a todos los hombres mayores de 21 años que supieran leer y escribir, eliminando el requisito de renta que había establecido la autoritaria y clasista Constitución de 1833. Esto amplió considerablemente el electorado, que pasó de 49.047 a 106.194 personas.

 

Esto no se dio necesariamente porque la oligarquía se democratizaba, sino por la crisis electoral que arriesgaba la legitimidad de los resultados debido a la escasez de electores. Razones parecidas empujaron la aceptación del voto femenino años más tarde.

 

Es probable que el trance que atraviesa la falta de electores por estos días, se resuelva en parte con el incentivo de mayor participación política de las mujeres, conquistando con ello una mayor credibilidad para las instituciones. Las mujeres ya no quieren votar por hombres que ignoran sus demandas y necesidades urgentes y fundamentales.

 

El deseo democrático de reducir la brecha entre el discurso sobre la igualdad de derechos, y la desigualdad de oportunidades concreta que sigue existiendo entre las chilenas y los chilenos, específicamente en el espacio político, tiene un nombre: es la paridad. 

 

Y no se trata de imponer una participación política forzada, pues ello no tiene mucha utilidad. Con la paridad no se cuestiona tampoco el funcionamiento de la democracia liberal que reposa sobre la libre competencia entre las candidaturas y el justo reconocimiento del mérito con que se compite.  Quienes están por la paridad, están por la meritocracia.

 

Derrumbar los mecanismos de exclusión política.

 

Para hacer un análisis acertado, debemos partir por reconocer la discriminación histórica que han vivido las mujeres, además de identificar con claridad y apertura, las barreras y los obstáculos que restringen o impiden que ellas compitan en condiciones de igualdad con los hombres en el espacio político.

 

La opinión pública chilena, demostró su apoyo a la igualdad de género, dando su respaldo a la candidata Bachelet, hoy nuestra presidenta. Además, el electorado claramente ha demostrado su apoyo a las candidatas en todos los niveles de elección, tal como muestran las estadísticas electorales.

 

La presidenta Michelle Bachelet ha demostrado que la voluntad política a favor de la paridad transformó a este gobierno en referencia para otros países. ¿Dónde se encuentran entonces los obstáculos para la participación política de las mujeres?

 

¿En un sistema electoral que no favorece el recambio, o la llegada de nuevos invitados a la política, como las mujeres? ¿O acaso nuestros rasgos democráticos están algo desactualizados, en cuanto a normas y prácticas partidarias, aun cuando los partidos hayan demostrado su capacidad y voluntad de construir democracia?

 

“El mundo de la política fue pensado para los hombres”, declaraba la investigadora uruguaya Nikki Johnson, a comienzos de los años 2000.  Y es eso lo que en todos estos años ha impedido mayor participación de las mujeres en cargos de responsabilidad permanente.

 

Y claro, como anota Janine Mossuz-Lavau (2208), los partidos son cenáculos masculinos que funcionan en circuito cerrado, reproduciéndose siempre de la misma manera, y no están dispuestos a quitarle un puesto a un hombre para abrirlo a una mujer. A esto, dice, hay que agregarle que las mujeres son todavía en gran parte las responsables de la vida familiar.

 

Mitos y más mitos

 

Con frecuencia escuchamos frases falsas que se dicen como si fueran verdades:

Que las mujeres serían elegidas por ser mujeres y no por sus competencias (las mujeres son votadas por las mismas razones que los hombres). O que no hay mujeres preparadas (hay más mujeres que hombres preparados) y que no les gusta la política (lo que no les gusta es trasnochar hasta las dos de la mañana para quedar incluidas en alguna acción o lista de candidaturas). O que a las mujeres les ofende participar gracias a un mecanismo de cuotas; ¡nada de eso! Es un mecanismo temporario, que se arrojará a la basura cuando ya no sea necesario.

 

Hoy día, con la presencia y la visibilidad de las mujeres en lo económico, científico, cultural y político, con distintos espesores de protagonismo, ¿cómo negarles la demanda ciudadana de incorporar a más de ellas en la gestión política de lo colectivo, sin tener que esperar tantos años como los que tardamos en conseguir el derecho al sufragio en el año 1949, después de casi 140 años de vida republicana?

 

En esto, los partidos políticos tienen un desafío importante en cuanto a instituir la transparencia de sus prácticas y de su democracia interna. Las mujeres y los hombres que están a favor de la paridad, no reclaman homenajes a las mujeres, tampoco su protección, o un favor especial a fin de tener asientos reservados en el Congreso. Esto implica dar paso a la posibilidad de que un porcentaje de los cargos de dirección partidaria, de consejo nacional, de comité electoral, y aquellos de elección popular, sea ocupado por mujeres.

 

Sectores de la opinión pública piensan que la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el espacio político, es apenas un detalle de la democracia, o un tema que sólo les interesa a unas pocas mujeres... a la élite. Otros afirman  que la paridad es una medida artificial, paternalista y perversa, en el sentido de que refuerza la desigualdad y algo así como una “guerrilla” entre los sexos. Lo que es cierto, es que sin dar un impulso extra, un pequeño empujón, y sin voluntad política, las cosas tampoco cambiarán.

 

Pero como lo señaló la presidenta Bachelet en alguna ocasión: “Siempre que no hay inclusión completa, siempre que no hay oportunidad exactamente igual a la otra,  siempre que hay de alguna manera discriminación explícita o implícita, uno requiere políticas anti discriminación”.

 

En realidad, las medidas de acción positiva, como las que establece el proyecto de ley de cuotas, no son ni más ni menos artificiales que cualquier otra medida legal que obliga o prohíbe. El propio sistema político dentro de cuyos límites actuamos, constituye en sí, una construcción artificial.

 

La democracia tiende a incluir...

 

La ley de Cuotas no atenta contra la libertad del votante, quien siempre será libre de elegir a quien quiera, pero en listas paritarias. Así, siempre tendrá abierta la posibilidad de optar entre una mujer meritoria y un hombre meritorio, según sus preferencias, y desechar la opción de hombres sin mérito o de mujeres que no los tengan.

 

La posibilidad de que sean elegidas las mejores candidaturas se ve de este modo, ampliada, puesto que la paridad obliga a los partidos a buscar a los representantes más competentes de entre sus filas, sean estos hombres o mujeres. Por lo demás, los partidos ¡nunca! van a correr el riesgo de incluir en sus listas a personas no capacitadas para el trabajo político.

 

A nadie le gusta la idea de utilizar cuotas. Ojalá no fueran necesarias. Ojalá se diera por sí sola una libre competencia entre mujeres y hombres igualmente capacitados. Pero mientras no es así, mientras las mujeres no compartan las mismas oportunidades que los hombres, el único modo de avanzar en el camino de la modernidad, es dar ese pequeño empujón de que hablábamos más arriba, que ayude a Chile a alcanzar una praxis democrática eficiente y verdadera que, de paso, nos ayude a recuperar la confianza de quienes se marginan de estos procesos porque no creen en ellos.

 

Por eso llamamos a los partidos políticos a que se comprometan a favor de esta

 

democracia y la igualdad. Que se esmeren en cumplir con el porcentaje de oportunidades electorales para las mujeres meritorias. El sistema de cuotas es provisorio, democrático, legal,  justo, moderno y respetable.

 

No se trata de favorecer a las mujeres en desmedro de los hombres. Se trata de escuchar la impaciencia de mujeres y de hombres que reclaman la democratización de la democracia. MSM

 

 

 

(1) Revista YA de El Mercurio, 15.4.09

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